La ecoansiedad se ha convertido en una preocupación creciente en la sociedad mexicana e iberoamericana. Aunque no es un trastorno reconocido en los manuales clínicos de psicología o psiquiatría, su impacto en la salud mental es cada vez más evidente. La juventud es particularmente vulnerable a este fenómeno, ya que están altamente sensibilizadas con el medioambiente y sienten una gran responsabilidad por su futuro.
Una de las causas principales de la ecoansiedad es la “trampa” de la responsabilidad individual que se creó en campañas históricas como Crying Indian (1971). Esta campaña simbolizó la transferencia de la responsabilidad de la contaminación desde las grandes corporaciones hacia los ciudadanos y su actuar diario. Sin embargo, según Mateu, experto en el tema, esta narrativa es engañosa. Las empresas son responsables del 70% o el 80% de la producción de residuos en el mundo, lo que significa que la culpa se coloca en los ciudadanos individuales.
Esta presión genera disonancia cognitiva, un concepto desarrollado por el psicólogo Leon Festinger. La disonancia cognitiva es la incomodidad mental que surge cuando se sostiene una idea contradictoria. En este caso, se afirma que el cambio climático es irreversible y que las acciones individuales pueden revertirlo, lo que genera conflicto y ansiedad.
Además, la indefensión aprendida, descrita por Martin Seligman, es un factor clave en el desarrollo de la ecoansiedad. Esta condición ocurre cuando una persona siente que, independientemente de sus acciones, no podrá cambiar el resultado, lo que genera frustración y malestar profundo.
Según Ingrid Vargas Huicochea, del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UNAM, la ecoansiedad combina síntomas psíquicos y físicos. Algunos de estos síntomas incluyen estrés persistente, alteraciones en la temperatura corporal, disminución de defensas, aumento del ritmo cardiaco e incluso pesadillas.
Los jóvenes son particularmente vulnerables a esta condición. De hecho, se observa principalmente en personas entre los 16 y los 25 años, quienes sienten incertidumbre sobre el futuro que habitarán. Aunque realizan acciones como separar basura, ahorrar agua o promover conductas responsables, no ven cambios y se sienten impotentes y desesperanzados. Esto puede derivar en cuadros de ansiedad crónica, depresión e incluso estrés postraumático.
Por lo tanto, la solución a la ecoansiedad no es simplemente dejar de actuar, sino replantear la narrativa. Los especialistas coinciden en que la práctica de la meditación y otras técnicas de relajación pueden ayudar a reducir el estrés y mejorar la salud mental.
En resumen, la ecoansiedad es un fenómeno creciente en la sociedad mexicana e iberoamericana. Su causa principal radica en la “trampa” de la responsabilidad individual que se creó en campañas históricas, lo que genera disonancia cognitiva y indefensión aprendida. Es importante replantear la narrativa y encontrar formas efectivas para reducir el estrés y mejorar la salud mental.



























































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































